Donald Trump lo dijo sin rodeos: espera que la guerra entre Ucrania y Rusia termine sin tener que entregar a Kiev los temidos misiles Tomahawk. La frase, lanzada este viernes durante un tenso encuentro con el presidente Volodímir Zelenski en Washington, encendió las alarmas en Europa y generó incertidumbre en el frente oriental.
En medio de las crecientes demandas del gobierno ucraniano para reforzar sus defensas, Trump optó por la cautela. Evitó comprometer el suministro de uno de los arsenales más poderosos del Pentágono y dejó claro que su apuesta es por una salida negociada… aunque nadie sabe cómo ni cuándo podría ocurrir.
Mientras tanto, Ucrania sigue en pie de guerra, enfrentando bombardeos diarios, ciudades destruidas y un ejército ruso que no da señales de retroceso. Kiev exige más armas, más precisión y más apoyo. Pero Trump, a meses de una elección decisiva, no quiere verse atrapado en una escalada bélica que podría costarle apoyo interno.
El mensaje del presidente estadounidense no solo golpea a Zelenski, sino también a sus aliados europeos, que ahora se preguntan si Estados Unidos seguirá siendo el pilar del apoyo militar occidental o si, con Trump al mando, la prioridad será evitar a toda costa un enfrentamiento directo con Moscú.
Mientras los soldados ucranianos resisten con lo que tienen, los misiles Tomahawk —capaces de cambiar el rumbo del conflicto— seguirán en pausa. Y la paz que Trump dice desear, por ahora, sigue tan lejana como el primer día de guerra.

