Choloma ,Cortes – Bajo el sol inmisericorde de Choloma, la muerte, esa anciana conocida, llegó disfrazada de una deuda de cuatro mil lempiras. Ewin Ariel Hernández, prestamista de oficio y padre de cuatro retoños, acudió a la cita creyendo en la palabra del hombre que prometió pagarle.
Lo esperaba en el bulevar, con sus hijos como testigos involuntarios de un drama que ya olía a pólvora y traición.
No hubo clemencia. Ocho disparos cantaron la letanía del odio frente a los ojos infantiles.
Mientras el asesino huía hacia el olvido que nunca llega, el hijo menor, de apenas dos años, lloraba con un fragmento de bala alojado en su mejilla. La justicia, esa otra anciana que siempre llega tarde, aún pregunta por el camino.

