Ciudad de Guatemala, Guatemala.- La muerte de dos opositores presos en Nicaragua ha encendido las alarmas entre exiliados y defensores de derechos humanos, quienes atribuyen esta nueva “era represiva” a una transición anticipada del poder de Daniel Ortega, enfermo, hacia su esposa Rosario Murillo.
Ortega, que cumplirá 80 años el 11 de noviembre, transfiere tareas diariamente a Murillo, quien fue ascendida a “copresidenta” hace seis meses mediante una reforma constitucional. La consolidación del poder de Murillo se refleja en la represión interna: detenciones de históricos comandantes sandinistas y funcionarios leales a Ortega, así como la desaparición de opositores como Mauricio Alonso y Carlos Cárdenas, quienes murieron bajo custodia. Arturo McFields, exembajador nicaragüense en EE.UU., señaló que “en una semana, los cuerpos de dos personas desaparecidas fueron devueltos… es una nueva etapa marcada por Murillo”.
La salud de Ortega muestra un evidente deterioro; aparece con dificultades para caminar y con palidez. Médicos exiliados indican que sufre de lupus e insuficiencia renal. Mientras tanto, Murillo ha asumido el comando militar y esta semana entregó por primera vez las divisas de promoción a oficiales durante el aniversario del Ejército. Expertos y exiliados aseguran que la transición de poder se ha acelerado para preparar a Murillo ante un eventual empeoramiento de la salud del presidente.

Desde que Ortega volvió al poder en 2007, Murillo ha aumentado su influencia, ocupando cargos de portavoz, vicepresidenta y ahora copresidenta. Su familia también controla empresas estatales y relaciones internacionales, consolidando una estructura de poder que, según expertos, convierte a Nicaragua en “la versión de Corea del Norte en el hemisferio occidental”, en palabras de Juan Pappier, de Human Rights Watch.
