La inteligencia artificial se ha convertido en protagonista de la COP30 en Belém, despertando tanto entusiasmo como preocupación. Mientras algunos expertos destacan su potencial para optimizar recursos hídricos, mejorar la agricultura y reducir emisiones, otros alertan sobre su enorme impacto ambiental: los centros de datos que alimentan estas tecnologías consumen millones de galones de agua al día y generan una huella de carbono significativa.
La falta de transparencia y estándares para medir su impacto real preocupa a los especialistas. Según Vishal Jain, líder del equipo GreenMind, cada interacción con IA “genera un impacto negativo en el medioambiente” y aún no existe un patrón común para evaluar su consumo de agua, energía o emisiones.
Sin embargo, las grandes tecnológicas buscan soluciones: Google, Huawei y otras empresas exploran formas de hacer sus herramientas más eficientes, e incluso hay quienes apuestan a que la propia IA pueda ayudar a reducir su huella ambiental. Brasil y aliados internacionales anunciaron inversiones millonarias en modelos de IA de código abierto para capacitar a agricultores y promover acciones climáticas en países en desarrollo.
La IA aparece así como un arma de doble filo: con un potencial enorme para combatir el cambio climático, pero con un costo ambiental que obliga a replantear su uso antes de que sus beneficios se vean eclipsados por sus consecuencias.

