Los gatos no solo ronronean y duermen todo el día: también pueden sufrir problemas psicológicos que pasan desapercibidos. Cambios en su rutina, dolor físico o un entorno poco estimulante pueden alterar su equilibrio emocional, generando síntomas parecidos al estrés o la ansiedad en humanos.
Para que un gato sea feliz en casa necesita un entorno tridimensional con zonas altas, rascadores y escondites, así como libertad para decidir cuándo y con quién interactuar. Jugar a diario, ya sea solo o con su familia humana, es clave para mantener su salud mental, y los castigos solo empeoran las cosas: el refuerzo positivo es siempre más efectivo.
Desde que son pequeños, los gatitos deben socializar correctamente y permanecer con su madre y hermanos al menos hasta la octava semana de vida. Esto les ayuda a aprender habilidades sociales y a adaptarse mejor al entorno cuando sean adultos. Cada gato tiene un temperamento único, y los factores genéticos o los traumas tempranos influyen en su capacidad de adaptación. La falta de control sobre su espacio o cambios frecuentes en la rutina también puede provocar ansiedad, agresividad o conductas repetitivas como lamidos excesivos o persecución de la cola.
Los tutores a veces malinterpretan estas señales como mal carácter o rebeldía, cuando en realidad son indicadores de malestar mental o físico. Satisfacer su instinto depredador, ofrecer rascadores y respetar su lenguaje olfativo con feromonas ayuda a mantenerlos tranquilos y seguros.
Los gatos jóvenes pueden mostrar agresividad o comportamiento destructivo por exceso de energía, mientras que los mayores suelen demandar más atención y pueden desarrollar problemas cognitivos similares al alzhéimer. Sea cual sea la edad, observar cambios en su conducta es clave para garantizar su bienestar emocional y físico.
El gato es un cazador solitario por naturaleza, pero en casa vive en un espacio reducido, comparte recursos y no puede controlar cuándo y cómo ocurren los cambios.
