Allá en el potrero, donde el sol castiga sin compasión,
vive el valiente que nadie menciona,
ese que anda con las uñas negras y la espalda molida,
el agricultor… ese mero, el del machete y la palabra sincera.
No huele a perfume, ni a cosas de lujo,
huele a sudor, a tierra mojada, a puro trabajo honrado,
anda lleno de polvo, con la ropa toda sucia y gastada,
pero tiene más coraje que cualquier figura de televisión.
Se levanta antes que los gallos más madrugadores,
con los pies hinchados y el cuerpo adolorido,
y aún así va y siembra la milpa, sin quejarse,
porque si no trabaja, no hay frijoles ni tortillas pa’ nadie.
Y sí, los miran raro, los tratan de simples o del campo,
pero sin ellos, ¿quién cree que pone la comida en la mesa?
Los tomates, los elotes, los plátanos que comés tranquilo,
no nacen en el Súper… los suda el campesino de verdad.
Que si andan con olor fuerte, pues claro, hombre,
¿quién va a oler a rosas entre estiércol y solazo?
Pero eso no les quita lo valientes, lo trabajadores,
que en cada surco dejan pedazos del alma, sin decir nada.
Así que la próxima vez que te comás una baleada,
acordate que ese sabor viene con lucha y tierra,
que el que sembró esos frijoles quizás ni zapatos tenía,
pero igual los sacó adelante, con el corazón firme.
Porque en este país, donde todo se vuelve cuesta arriba,
el agricultor sigue firme, machete en mano y voz fuerte,
no por aplausos, ni por fama, ni por que alguien le celebre,
sino porque así es el campo… así se es gente de verdad.
Y aunque no huelan bien por andar sudados y llenos de tierra, y aunque sus ropas estén manchadas, sus uñas negras y sus cuerpos carguen el peso del sol y los años, nadie los voltea a ver. Caminan invisibles por los surcos que ellos mismos abren, sembrando vida en un país que muchas veces los olvida. Son los agricultores hondureños: hombres y mujeres que no conocen el descanso, que no salen en portadas ni reciben homenajes, pero que con sus manos callosas y su dignidad intacta, siguen alimentando una nación que come sin preguntar quién sembró. Y así, entre polvo, lluvia y abandono, sostienen el país… sin aplausos, sin promesas, pero con una fuerza que solo da la tierra… y la necesidad.

