Las relaciones entre Estados Unidos y Cuba atraviesan un momento de alta tensión tras la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, el 3 de enero. Washington ha incrementado la presión sobre La Habana, mientras Cuba responde con un discurso firme de defensa nacional.
Donald Trump y el secretario de Estado Marco Rubio calificaron a Cuba como una “nación fallida” y advirtieron sobre la crisis económica que atraviesa la isla, agravada por la escasez de bienes básicos, apagones prolongados y migración masiva. Tras el derrocamiento de Maduro, EE.UU. cortó el suministro de petróleo venezolano a Cuba, que representaba cerca del 30 % de sus necesidades energéticas.
Pese a la hostilidad, Trump insinuó una posible negociación, mientras Díaz-Canel negó conversaciones formales, reiterando que Cuba no cederá bajo presión ni coerción. El canciller Bruno Rodríguez y el Consejo Nacional de Defensa cubano reafirmaron la disposición de la isla a defenderse “hasta con la última gota de sangre” y actualizaron el plan para declarar estado de guerra, dejando claro que cualquier entendimiento solo será “serio y responsable”.
En estas dos semanas, el diálogo ha sido mínimo, pero los temas centrales siguen siendo petróleo, crisis económica y la posibilidad de negociación, en un escenario marcado por la retórica beligerante y la firmeza de ambos países.

