Cuba atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia reciente, atrapada en una tensión sin precedentes con Estados Unidos y sumida en la peor crisis nacional desde el triunfo de la revolución de 1959. En la isla confluyen y se retroalimentan profundas crisis económicas, energéticas, sanitarias, migratorias, sociales y políticas, llevando al país a un escenario más grave incluso que el recordado “período especial”.
La realidad cotidiana de los cubanos refleja un deterioro generalizado. Los apagones superan las 20 horas diarias en amplias zonas del país, paralizando la vida doméstica y productiva. La producción agrícola e industrial prácticamente ha desaparecido, mientras la escasez de alimentos y productos básicos alimenta el mercado negro, la corrupción y una inflación descontrolada. El dólar ha desplazado a la moneda nacional, pulverizando el poder adquisitivo de la población.
El turismo, que durante años fue un salvavidas económico, se encuentra en franco desplome. A esto se suma un éxodo masivo que ha vaciado al país de jóvenes, dejando una población envejecida y con menos fuerza laboral. Paralelamente, brotes de dengue y chikunguña han vuelto a exponer el deterioro del sistema de salud pública, antes presentado como uno de los grandes logros del modelo cubano.
La crisis energética es uno de los ejes del colapso. Las viejas centrales termoeléctricas, con décadas de explotación y sin inversiones suficientes, sufren constantes averías. La falta de divisas impide importar el combustible necesario y la reducción del suministro de petróleo venezolano ha incrementado la incertidumbre. Especialistas coinciden en que se trata de problemas estructurales sin solución a corto plazo y estiman que el país necesitaría miles de millones de dólares para rescatar su sistema eléctrico.
El impacto económico es devastador. La falta de energía ha paralizado gran parte de la actividad productiva y el Gobierno ha llegado a describir la situación como una “economía de guerra”. El producto interno bruto se ha contraído de forma sostenida en los últimos años, mientras las autoridades aplican recortes y una dolarización parcial que no logra frenar el deterioro. Analistas señalan que el modelo de economía centralizada y la mala gestión siguen siendo el principal obstáculo.
En el plano demográfico, la migración se ha convertido en una vía de escape masiva. Millones de cubanos han abandonado la isla en busca de oportunidades, principalmente hacia Estados Unidos y Europa. Estudios independientes advierten que la población se ha reducido de forma acelerada en pocos años y que más de una quinta parte de los habitantes supera los 60 años de edad.
La presión social también se ha trasladado al ámbito político. El colapso de los servicios públicos, la escasez, el acceso a internet y a información alternativa, sumados a la represión del disenso, han erosionado el respaldo al sistema. En los últimos años se han registrado protestas en distintos puntos del país, incluyendo estallidos sociales de gran magnitud que dejaron miles de detenidos y presos por razones políticas.
En medio de este panorama, la crisis sanitaria añade otro golpe. La propagación de enfermedades como el dengue y la chikunguña ha causado decenas de muertes y miles de contagios, mientras hospitales carecen de medicamentos, personal y condiciones adecuadas. La reducción drástica del número de médicos y el aumento de la mortalidad infantil reflejan el profundo deterioro de un sistema que alguna vez fue símbolo del Estado cubano.
Cuba enfrenta así una tormenta perfecta, con un país exhausto, sin respuestas claras y con un futuro cada vez más incierto.

