Se cumplen seis años desde que el primer caso de COVID-19 fue detectado en Wuhan, China. Lo que parecía un episodio aislado de neumonía desconocida se transformó en la mayor crisis sanitaria de un siglo, desbordando hospitales, paralizando economías y alterando la vida cotidiana de millones de personas. Desde entonces, nada volvió a ser igual.
Las calles quedaron desiertas. Cuando una vía se cerraba y la policía custodiaba la zona, se sabía que el peligro estaba cerca. Nadie podía trabajar, nadie podía salir. La ciudad se convertía en un cuadro de soledad y miedo, dejando un mundo de calles vacías y momentos en que la humanidad dejo de existir de alguna manera, donde el silencio era absoluto y los pasos de los pocos que se aventuraban a caminar resonaban como ecos en un mundo detenido.

La enfermedad dejó cicatrices profundas: millones de contagios en Estados Unidos, China y Honduras, entre otros países, y la pérdida de miles de vidas. Médicos y personal sanitario entregaron todo, a veces incluso su propia vida, para cuidar de otros, convirtiéndose en héroes invisibles en la primera línea de batalla, noche tras noche sin descansar.
En medio de la oscuridad, surgieron destellos de esperanza. Pequeños gestos, una mirada, una palabra de aliento, se convirtieron en puentes que acercaban corazones distantes. Aunque la vida parecía detenida, la humanidad encontraba formas de mantenerse unida, aun detrás de puertas cerradas y ventanas selladas.
Los días largos y silenciosos daban paso a la idea de que la alegría volvería. Que los abrazos y los reencuentros, prohibidos por meses, algún día serían posibles otra vez. La resiliencia se sentía en el aire, invisible pero poderosa, recordando a todos que, incluso en el dolor, existía la promesa de días mejores.
Y así, mientras el mundo seguía aprendiendo de la pandemia, enfrentando sus secuelas y recordando a los que se fueron, un sentimiento de renacer se mantenía firme. La vida, a pesar de todo, seguía su curso. Las calles vacías algún día se llenarían de pasos, risas y la calidez de la cercanía humana.
Seis años después, todavía se recuerda la soledad de las calles cerradas, el esfuerzo de los médicos que lucharon hasta el final y el peso de la incertidumbre. Pero también se siente la certeza de que, tras la tormenta, la humanidad volverá a celebrar la vida y los momentos que parecían perdidos.
Figuras hondureñas que fallecieron por COVID‑19
- Pablo Gerardo Matamoros — periodista que trabajaba en HCH; falleció por COVID-19.
-
David Romero Ellner — periodista, director de Radio Globo y Globo TV. Murió por COVID‑19 mientras estaba en prisión.
-
Pablo José Cámbar — médico, académico e investigador hondureño muy respetado. Falleció por complicaciones de COVID-19.
-
Porfirio Armando Betancourt — exfutbolista mundialista con la selección de Honduras, murió a causa del COVID‑19.
-
Carlos Riedel — periodista, parte de la lista de comunicadores hondureños que perdieron la vida por esta enfermedad.
-
Claudia Ordóñez — trabajadora en telecomunicaciones, también falleció por COVID-19.
-
Francisco Orlando Rodríguez — periodista que murió tras complicaciones relacionadas con COVID‑19.
-
Jaqueline Bojorquez — veterana periodista y ex-catedrática universitaria.
-
David Andino — conocido como “El Puma” en el ámbito deportivo; fue comunicador en radio y medios.
-
Gustavo Lagos — comunicador social que también fue víctima del coronavirus.
-
Noé Mejía — jefe de departamento digital en Radio América; murió tras varios días luchando contra el COVID‑19.
-
Jacinto Molina — periodista de Puerto Lempira que no pudo vencer al virus.
-
Pedro Rosales — comunicador que falleció por COVID‑19 en San Francisco de La Paz, Olancho.
-
Marlon Tovar — periodista de Puerto Cortés; dejó su huella y murió por complicaciones de la enfermedad.







