La detención de Nicolás Maduro en Venezuela por fuerzas estadounidenses ha marcado un antes y un después en la política internacional bajo el mandato de Donald Trump. La operación, considerada audaz y sin precedentes, deja ver el tipo de orden mundial que busca imponer el republicano: uno en el que EE.UU. actúa con fuerza directa y sin limitaciones frente a regímenes que considera hostiles.
Desde ataques quirúrgicos contra objetivos en Irán hasta la ejecución sumaria de más de un centenar de presuntos narcotraficantes en el Caribe, la estrategia de Trump ha sido creciente y violenta, mostrando su disposición a imponer la voluntad estadounidense en el continente americano. La campaña contra Maduro, que incluyó presiones sobre otros mandatarios de la región, culminó con la espectacular detención del expresidente venezolano para enfrentarlo ante la justicia de EE.UU. por narcoterrorismo.
Expertos advierten que este tipo de acciones demuestran que la administración Trump no se siente limitada por normas internacionales ni nacionales, y buscan restablecer una versión moderna de la doctrina Monroe, controlando las Américas como zona de influencia exclusiva. El apresamiento de Maduro y la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense han encendido las alarmas sobre un horizonte oscuro para Europa y otras potencias, evocando épocas de dominio territorial y esferas de influencia.
Para analistas como Eric Hershberg, esta política de hechos consumados y la muestra de poder violento e ilegal es una advertencia para todo el mundo, desde Ucrania hasta Taiwán, mostrando que la Casa Blanca actual actúa de manera imprevisible y con un alcance global sin precedentes. La captura de Maduro no solo reconfigura el tablero latinoamericano, sino que también sirve de aviso del nuevo Trumpismo: audaz, arbitrario y dispuesto a imponer su autoridad por encima de cualquier norma.

