Se mantiene la duda: es difícil determinar si el Madrid está moribundo o hibernando. Frente al City alargó su desdichada racha, pero limpió en cierto modo su imagen. Sin Mbappé, que ya es perder, y otras siete bajas sometió al equipo de Pep Guardiola durante gran parte de la primera mitad, se llevó dos bofetadas casi accidentales antes del descanso y no encontró luego ni fuerzas ni ánimo ni fútbol para un segundo impulso. Xabi Alonso no salió del partido ni mejor ni peor de lo que entró. Si acaso recibió una bola extra. Lo de la confianza ciega hace tiempo que ni se menciona. Tampoco el City abandonó el Bernabéu con aires de candidato. Ganó a paso de procesión si se exceptúa a Doku, la grada de animación en un equipo de bajas pulsaciones. 
El Bernabéu no esperaba el milagro de un Madrid con ocho ausencias, pero si la atenuante del arrepentimiento espontáneo. No se juzgaba la clasificación, sino la intención, una vuelta a lo que siempre fue el equipo, resistencia independientemente de la calidad de la plantilla.
Abrazado a ese propósito de enmienda llegó al partido. También alejado de aquel primer catecismo de la presión alta. Refugiado en el bloque medio que está en su naturaleza, anduvo atento a la recuperación y al contragolpe. Antes de los dos minutos Vinicius forzó un penalti que no lo fue porque el VAR adivinó que Matheus Nunes le mandó al suelo un palmo fuera de la zona de conflicto. Y poco después se le fue el gol en una contra lanzada por Rodrygo. Su toque picado, con Donnarumma fuera de escena, no encontró portería.
