Hoy no es un día cualquiera.
Hoy ondea con más fuerza, más dignidad y más historia nuestra bandera azul y blanco.
Hoy se eleva al cielo la memoria de un pueblo que no se ha rendido.
Hoy, primero de septiembre, celebramos el Día de la Bandera de Honduras, ese lienzo sagrado que no es solo un símbolo, sino testigo silente de nuestras lágrimas, nuestras batallas y nuestra incansable esperanza.
El azul no es solo el reflejo de los mares que nos abrazan; es también el lamento de las madres que han llorado hijos desaparecidos. Es el grito ahogado de una juventud que sueña con futuro mientras lucha por sobrevivir en un presente difícil.
El blanco no es solo pureza. Es la pausa entre dos tormentas. Es la calma falsa que muchas veces precede la violencia, la injusticia, la corrupción. Es la paz que todavía estamos buscando… pero que no dejamos de soñar.
Las cinco estrellas son los corazones rotos de cinco naciones hermanas que alguna vez soñaron con una unión. Son promesas hechas por próceres que se apagaron en medio del fuego cruzado del tiempo y del olvido.
Porque sí, nuestra bandera ha sido teñida de rojo más de una vez… aunque su diseño no lo muestre.
-
Se tiñó en las guerras civiles, cuando hermanos se enfrentaron por ideales y poder.
-
Se tiñó con la dictadura militar, cuando hablar era peligroso y callar, también.
-
Se tiñó durante las crisis políticas, los golpes de Estado, los fraudes, los exilios.
-
Se tiñó con el sudor del campesino explotado, con la sangre del indígena ignorado, con las lágrimas del obrero silenciado.
Y sin embargo… aquí sigue.
Sigue ondeando.
Sigue resistiendo.
Sigue demostrandole al mundo que los Catrachos somos guerreros.
Sigue abrazando a un pueblo que no se rinde, aunque muchas veces ha sido olvidado por los mismos que juran servirlo.
Hoy rendimos homenaje a ese pedazo de tela que ha visto más de lo que cualquier historia oficial se atreve a contar.
Porque la bandera de Honduras no solo está en las escuelas y oficinas:
Está en el pecho del migrante que cruza fronteras por necesidad.
Está en la tumba sin nombre de quienes murieron por justicia.
Está en la mochila del niño que aún camina kilómetros por una educación digna.
Está en las manos del médico sin insumos, del maestro sin salario, del soldado sin certezas.
Hoy, más que celebrar, recordamos.
Y más que recordar, prometemos:
Seguir luchando, seguir soñando, seguir creyendo.
Porque mientras haya una bandera ondeando en esta tierra, hay una historia que no termina.
¡Feliz Día de la Bandera, Honduras!
Que no se apague nunca la esperanza que en ella flamea.
